miércoles, 29 de octubre de 2014

Manzanares glosado por Mario García (14 años) El toro "Peleón" de Guardiola, Ronda.... el toreo


Este martes, al llegar a mi casa, después del instituto, no me lo podía creer cuando lo leí. José María Dolls Abellán, más conocido como José María Manzanares, había fallecido. Pero, aún no me creo que sea cierto y seguiré pensado que sigue y seguirá vivo, porque, como diría José León: “Vivirá en el recuerdo, porque nunca morirá”.
Casualmente, hace pocos días acabé un reportaje para mi segundo libro, que si Dios quiere algún día verá la luz. En este reportaje se narra lo acontecido en una tarde histórica para la fiesta y la cual, según dijo el propio Manzanares, fue la más importante de su vida. Por tanto, pienso que no hay mejor manera de recordar al maestro de maestros, que citando un fragmento del reportaje sobre aquella tarde. Ocurrió en Ronda, la tarde del 16 de julio de 1988:

“En 1988, por decisión de Antonio Ordóñez (entonces empresario de Ronda), se iba a celebrar la primera corrida-concurso de ganaderías en la famosa plaza. Dicha corrida ya tenía matador: José María Manzanares en solitario, y más tarde acabó por rematarse el cartel con los hierros de Murube, Buendía, Carlos Núñez, Guardiola Domínguez, Jandilla y Torrestrella, que enviaron escogidos ejemplares.
Manzanares hizo el paseíllo vestido con un traje grana y oro, en tarde de calor bochornoso y con la entrada al sol más barata a 3000 pesetas, la plaza registró una entrada de algo más de la mitad de su aforo. (...) A la muerte del tercero, queda para la anécdota, que el diestro hizo esperar unos 10 minutos al público, ya que se cambió de terno y salió con un traje goyesco tórtola y azabache con adornos de terciopelo. Entonces, en cuarto lugar, salió “Peleón”, negro listón, número 67, de 560 kilos y de impecable presentación. Manzanares lo recibió con un temple superior a la verónica y remató con una media de bella factura de manos bajas ante la dócil embestida del “guardiola”, que se desplazó muy largo y “haciendo el avión”. Tras los primeros lances, el alicantino colocó a “Peleón” a frente al caballo que montaba ese gran picador de La Puebla del Río que fue Manuel Carrasco. Tomó el toro tres varas, cada vez un poco más abierto, arrancándose con enorme alegría, empujando con clase y creciéndose del castigo. Pero el delirio llegó en el cuarto puyazo, cuando Jose Mari, le colocó más allá del centro del ruedo, en el tercio opuesto de la plaza, en la misma querencia de toriles. D. Juan Guardiola le había dicho a Manolo González, (apoderado del torero), que lo pusiera largo de verdad, aunque quizás no pensaba que el torero lo iba a llevar a la otra punta de la plaza. Cuando ya estaba el toro colocado, el alicantino consultó con la mirada al ganadero, (tenso y con lágrimas en los ojos), y este le dijo que lo dejase allí. En medio de una gran expectación, Carrasco movió su cabalgadura mientras “Peleón” le contemplaba fijo y desafiante desde lejos. El picador hizo perfectamente la suerte, toreó a caballo y levantó el palo citando al toro, que olvidó su querencia, empezó a andar y finalmente rompió a galopar de verdad, totalmente entregado y con más alegría si cabe.
La Maestranza de Ronda se caía. La plaza entera se puso en pie para ovacionar clamorosamente al de Guardiola Domínguez y a Manuel Carrasco, que saludó castoreño en mano tras su gran lección de torero a caballo. “Peleón” podía haber tomado otro puyazo y otro más hasta su último aliento, pero se cambió el tercio porque había que torearle para poder presenciar una grandiosa faena. (...)

A pesar de haber sido fuertemente quebrantado por la puya, “Peleón” se creció del fuerte castigo recibido para acudir a la muleta con un desbordante son de bravo y de noble, embistiendo siempre con la fiereza justa. “Peleón” tuvo un equilibrio perfecto entre bravura y casta, y también una excepcional nobleza. En frente tuvo a un grandioso torero como Manzanares, que estuvo a la altura de tan soberbio ejemplar. El alicantino entendió perfectamente al toro, le dio la distancia y el sitio precisos y, consciente del castigo que había recibido el toro, supo darle el tiempo necesario para que se repusiera. “Peleón” era un toro para hacerle faena en los medios, pero el alicantino la desarrolló en el tercio para resguardarse del viento. Allí, Manzanares firmó una soberbia obra de estética y finura, templando la despaciosa, enclasada, brava y noble embestida de “Peleón”, que se entregó en la muleta del diestro. Manzanares estuvo toda la faena en torero, haciendo las cosas muy despacio, acariciando al toro en los suaves toques y llevándolo muy embebido en el engaño. Hubo hondura en los derechazos. Belleza en los eternos cambios de mano. Largura y despaciosidad en los naturales. Gallardía en los desplantes. Arte y pinturería en los adornos y garbo y torería en los pases de pecho de pitón a rabo “barriendo el lomo” del toro. “Peleón” jamás se cansó de embestir con los morros por el suelo y mantuvo la boca cerrada hasta el último tramo de la faena, mostrando una clase excepcional, siempre con la boca para adelante, queriendo embestir y siempre moviendo el rabo, señal, según los entendidos, de la auténtica bravura.
Se formó un auténtico alboroto en la plaza, que no cesaba de corear olés mientras tocaba la banda de música. Antes de que Manzanares se perfilase para la suerte suprema, el público pidió de forma unánime el indulto de “Peleón”, que había sido excepcional en todos los tercios y seguía embistiendo hasta la muerte. Cuando Manzanares lo solicitó también, el presidente lo concedió sin titubeos y entonces Ronda entera estalló. Queda también para la anécdota, que el diestro no simuló la estocada, sino que se retiró al callejón y dejó al ejemplar solo en el ruedo. Una vez perdonado el toro, hubo que esperar casi una hora ante la dificultad devolverle a los corrales, siendo finalmente enmaromado “Peleón”.
Como premio a su colosal faena, Manzanares recibió dos orejas simbólicas, aunque el público pidió también el rabo, que no concedió el usía. Después, el alicantino compartió una emotiva vuelta al ruedo con Luis Saavedra, mayoral de la ganadería.
(…) Al recibir al sexto, “Palomito” de Torrestrella, vino el otro gran momento de la tarde. El alicantino le cuajó tres verónicas y una media de ensueño en la que pareció pararse el tiempo. (...) A continuación, le dieron la vuelta al ruedo en hombros, para después salir triunfante por la Puerta Grande. (…) Había sido una tarde memorable. Porque Manzanares había dado una lección de toreo en todos los tercios, luciendo a todos los toros en el caballo, manejando el capote con enorme torería y despaciosidad, mostrándose muy variado en quites y realizándole a cada toro el tipo de lidia que requería.
Desgraciadamente, “Peleón” falleció pocos días después en “El Toruño” a consecuencia de una embolia pulmonar, por lo que se perdió semejante patrimonio para la Fiesta Nacional.
Pero, aquella tarde, se escribió una de las más bellas páginas de la historia del toreo, en la que Manzanares, consiguió estar a la altura de un toro de bandera como “Peleón” y ambos se fundieron en una faena que pasaría a la historia, porque toro y torero, aquella tarde del 16 de julio de 1988, fueron capaces de soñar el toreo.”

Espero, que estas modestas líneas hayan servido para honrar a la memoria de un toro de bandera y para recordar, ahora que se nos ha ido, a una gran figura del toreo como lo fue José María Manzanares.

Mario García Santos (@mariog_escritor)
Alumno de la Escuela Taurina de Camas

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